Raúl Vásquez “pedalea” entre recuerdos de una travesía inolvidable

Raúl Vásquez “pedalea” entre recuerdos de una travesía inolvidable

La Habana.- TIENE las manos grandes, nudosas, como raíces. Las cicatrices le cruzan los brazos, las piernas y la cabeza, creando mapas visibles de una vida entregada al ciclismo.

Raúl Vásquez Vázquez habla con gestos, mueve los inquietos dedos al tiempo que recuerda. Se toca la espalda cuando menciona aquella vértebra aplastada o se señala las partes del cuerpo alguna vez magulladas por las caídas en el viejo circuito del estadio Eduardo Saborit.

No le importan las heridas. Las muestra con orgullo, como medallas de otra naturaleza.

«Nací en 1948, en Matanzas—dice, y la cuenta sale rápida, exacta—. Fui a los Juegos de San Juan, en Puerto Rico, siendo juvenil. Fue mi primer viaje. Lo considero entre los más difíciles de mi carrera deportiva», afirma.

Cuando la gesta del Cerro Pelado, él apenas tenía 18 años, y estaba lejos de imaginar que formaba parte de una historia que marcaría a toda una generación de atletas cubanos.

«En ese viaje hubo muchos contrarrevolucionarios tratando de amedrentarnos. No se podía andar en la calle y éramos ciclistas, necesitábamos salir a la carretera», recuerda, y sus ojos se pierden un instante.

«Cuando salíamos a entrenar, andábamos con una camioneta detrás de nosotros por seguridad. El peligro era constante. Por la calle nos gritaban: “cubano, cubano, brinquen la verja”. La presión y la provocación eran constantes», rememora.

La aventura había comenzado mucho antes de llegar a territorio boricua.

«Partimos estando un ciclón rondando en el área de occidente de Cuba, lo que nos obligó a zarpar desde el oriente del país», cuenta, y en su voz hay todavía asombro.

«El barco era enorme y hubo que llenarlo con arena y bloques, para darle peso, porque nosotros no representábamos ni un tres por ciento de la carga. Aun así, la línea de flotación no estaba a nivel», asegura el yumurino.

Al llegar cerca de la costa, empezaron los aviones norteamericanos.

«Pasaban por arriba y nos lanzaban mensajes. Una botella envuelta con unos cordeles grandes. Los aviones hacían así —imita el vuelo rasante—. Pasaban por arriba del barco, enganchaban las botellas en los mástiles y eran los muchachos de polo acuático quienes se subían y los bajaban. Nos decían que no podíamos bajar, que no nos iban a dar entrada», explica.

A unas millas de la costa comenzó el desembarco. Un remolcador pequeño subía y bajaba junto al barco.

«El barco es alto —expone, y sus manos dibujan la escala—. Tenía una entradita y una escalera pegada a la “panza”. Uno bajaba temblando, hasta que llegabas a la orilla. Cuando el remolcador hacía así —imita el vaivén—, había un hombre allí que te daba la mano. ¡Bum! Y te tirabas», casi lo revive.

Así, uno a uno, bajó toda la delegación. Los últimos, los ciclistas.

En tierra firme los esperaban los gritos, las ofensas.

Raúl comenta que «Reinaldo Paseiro “armaba” a cada uno con una bomba de esas grandes de echar aire, o una llanta, para si nos agredían, responder. Por suerte, no hubo que usarlas», alega aliviado.

La competencia para él fue en pista, persecución. No corrió ruta en San Juan, esa modalidad que años después, lo haría ganarse el sobrenombre de “La locomotora”.

El regreso fue en el mismo barco. Raúl hoy en día continúa impresionado de lo vivido llegando a Cuba.

«Estando arriba, en el camarote, vimos tres lanchas que venían. El barco se quedó quieto, y las embarcaciones aquellas hicieron así —gira las manos—, dieron una vuelta. Ahí venía Fidel», cuenta sin poder apagar la chispa en sus ojos.

«El Comandante subió por aquella escalerita que tanto miedo daba. Se metió en el salón de reuniones y empezó a recibirnos», agrega.

«Al encuentro fuimos Luis Gaínza, mi entrenador; Sergio Pipián; y yo. Entramos, él nos dio la mano, empezamos a conversar, nos hizo preguntas. Le dijimos que no teníamos velódromo. Y nos dijo que sí, que el velódromo se iba a hacer», señala.

El sueño se hizo realidad en 1991.

Luego de aquel primer pedalazo al más alto nivel Raúl Vásquez tuvo entre 76 o 78 representaciones de Cuba en el extranjero, en los cinco continentes.

Su extenso y exitoso historial habla de cuatro Juegos Centroamericanos y del Caribe e igual número de asistencias a citas panamericanas y campeonatos mundiales; más las tres olimpiadas de las que aún atesora sus botones olímpicos: México 1968, Múnich 1972 y Montreal 1976.

Se aprendió de memoria las carreteras de Cuba y otras tantas del mundo. Pedaleó bajo el estridente sol del Caribe y también bajo el frío implacable de Europa.

Ni las caídas más insólitas, ni las heridas más graves detuvieron nunca el impulso de La Locomotora matancera.

Ahora tiene 78 años y el ciclismo sigue estando en el centro de su existencia, únicamente superado por el amor que le profesa a su familia.

«Para mí no hay satisfacción más grande que pedalear diariamente hasta 80 kilómetros. Espero que nunca me prohíban montar bicicleta», confiesa.

Tomado de JIT

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