La heroicidad cotidiana. ¿Cómo? y ¿Por qué?

La heroicidad cotidiana. ¿Cómo? y ¿Por qué?

Cuba es un misterioso lugar donde resulta imposible imaginar desde fuera lo que aquí se vive. Para saberlo hay que vivirlo. No desde el confort de unos pocos (que ya no son tan pocos), cuyos ingresos les permiten saltarse los apagones, los astronómicos precios de los alimentos, del transporte, de productos elementales de los que es muy difícil prescindir. Hablo por quienes sin estar en la lista de los “vulnerables” (una nueva clasificación de pobreza) son profesionales que habituados a un status, deben enfrentarse a retos con los que nunca contaron.

No hay apenas transporte público y los privados no tienen combustible. El Teatro Nacional de Cuba es un lugar céntrico y de difícil acceso, pues por la Avenida Paseo no transitan taxis (de los poquísimos que quedan), es una vía expedita por razones de seguridad (conduce al Palacio de la Revolución)

El domingo 25 de enero se celebró allí, en el Nacional, un espectáculo para inaugurar el Festival de Jazz. Las dos grandes salas estaban abarrotadas. ¿Cómo llegaron esas personas hasta allí? Yo fui caminando porque vivo a un poco más de 25 cuadras. Pero y los demás que estaban, compuestos, bien vestidos, y sobre todo: contentos. ¿Cómo hicieron?

Estuve en la sala Covarrubias, donde Nachito Herrera ofreció un concierto. Lo hizo custodiado por la Orquesta Sinfónica Nacional, y acompañado de presentaciones tan extraordinarias, que no sabría poner una por encima de otra. Soy crítica, exigente y perfeccionista. Lo siento. Pero sólo puedo clasificar el espectáculo en general como algo completo, de lujo, perfecto.

De inicio a fin todo concatenado, hecho a mano, con amenidad y buen gusto. Dos horas de disfrute total. Hubo Jazz, por supuesto, hubo Bobby Carcacés, hubo rumba, bolero y en medio de un comienzo de año tan amenazados donde se avizoraba muchas carencias, sonaba aquello: “Habana si la vida me desterrara a un rincón de la tierra, voy a morirme de amor y de ganas de andar tus calles”. El público se levantó, cantó, algunos hasta lloraron.

No había transcurrido un mes de los nefastos sucesos en Venezuela. De eso no se habló, sin embargo, el cierre del concierto fue una de las magistrales canciones interpretadas por Mercedes Sosa: “Todas las voces todas, todas las manos todas, toda la sangre puede ser canción en el viento Canta conmigo, canta, hermano americano, libera tu esperanza con un grito en la voz”. El público, de pie cantaba con una ovación que duró minutos. Sin teque y sin arengas, debía decirse y se dijo. Me pareció excelente.

Pasé la vista por los músicos de la Sinfónica y tropecé al final con el gran percusionista Luís Barrera, con su pelo blanco golpeando el tambor mayor y acariciando la marimba. Es mi vecino de hace muchos años, y recordé que el día antes del concierto lo vi llegar a casa con una mochila, sudado, exhausto. Venía de la Feria agropecuaria del Parque Lennon. Le comento del concierto y me dice: “Lo siento, pero no puedes ir conmigo, la Orquesta ha alquilado un microbús y los asientos están contados”.

El domingo 28 de diciembre asistí a una presentación del Ballet Nacional donde pude apreciar una de las figuras más destacadas de la danza mundial, la argentina Marianela Núñez, en el clásico Don Quijote. La estrella del Royal Ballet danzó con el joven cubano Patricio Revé. Sin ser ilustrada en ballet, pude corroborar que Marianela Núñez es excepcional, pero para mí llano gusto, Patricio la superó. Teatro lleno.

Así, y gracias a mi amiga Idania de la Rosa que sabe de memoria todas las carteleras, volví al teatro Nacional a un concierto de la Sinfónica, pudimos apreciar una exhibición legendaria, considero que con la Orquesta Sinfónica Nacional, el espectador siempre acierta al comprar entrada. Teatro lleno.

El sábado 14 de febrero acudí a la sala de Teatro Llaurado en 11 y C en el Vedado. Disfruté de una conocida obra de Abelardo Estiorino: Las penas saben nadar, con la brillante interpretación de una actriz Valia Valdés. Un monólogo que te hace pensar, que mueve las emociones y sales del teatro renovado. Poco público, imagino que por falta promoción, de transporte, y de mucho más.

Si me aparto de las ofertas culturales y me asomo al balcón a las 7 de la mañana, obligada en parte por el apagón, veo a los niños con sus madres caminando hacia las escuelas cercanas. Uniformados, compuestos, limpios, con su javita de merienda y agua. Y me pregunto: ¿Cómo hacen esas mujeres en medio de este apagón para que sus hijos lleguen en tiempo a clases? ¿Cómo pueden llenar la jabita de meriendas? ¿Habrán desayunado? Parece que sí.

Sigo la vista hacia el balcón vecino y veo a Paula Alí, esa leyenda del teatro, el cine y la Televisión, contemplando los niños entre los que va su nieto. Paula, con 90 años y trabajando aun como actriz, también cocina para su familia.

Entonces, estas dos preguntas me asaltan cada día: ¿Cómo es posible? ¿Cómo se pueden armar espectáculos tan fabulosos, cómo hacen esos artistas para sufrir tantas carencias y ofrecer sus excelentes actuaciones? ¿De qué tamaño sería el monumento a este pueblo? La otra pregunta es ¿Por qué no podemos vivir como lo hacen en otros sitios?, con carencias y hasta penurias, porque el lugar perfecto no existe, pero sin esta incertidumbre que corroe el pensamiento.

Terminando estas líneas entra un mensaje al teléfono: “Buenos días somos el consultorio médico, cuando desee puede venir a vacunarse con el refuerzo de Soberana contra Covid y con la vacuna antigripal”. No digo más.

Tomado de Cubadebate

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