Marzo, 2026.- La mujer despliega su esencia en miles oficios y saberes. Es el regazo que consuela y la mano que alivia dolores. En pandemias o guerras, su presencia se vuelve faro en la oscuridad.
En la historia de Cuba, su huella es imborrable. Mariana Grajales empina a sus hijos por la Patria; María Cabrales sigue a Maceo en la manigua. Inocencia Araújo advierte a Martí del peligro. Ellas cosen banderas y curan heridas, y en la hoguera del sacrificio colectivo, nadie les niega su puesto.
En la Sierra, Vilma y Celia forjan otro tiempo; Lidia Doce enmudece ante sus torturadores. Más tarde, con lápiz y cartilla, alfabetizan. En la cultura, Rita y Alicia llevan a Cuba en la voz y la danza. Pero también están las anónimas, las que madrugan, preparan el desayuno y siembran optimismo.
La mujer es como una flor, pero no por simple poesía: infunde fuerza y sentido a la vida. Sin ella, todo sería un minuto largo, sin lluvia ni estrellas. Con ella, late el corazón de heroicas historias. Son las hacedoras cotidianas, poetas del trabajo y del amor.

