La distopia trumpista cumple un año

Este 20 de enero se cumple el primer año del gobierno de Donald Trump. Han sido 365 días de una locura tras otra, suele ser el comentario que se escucha cuando se alude a su gestión. Error, de Trump se puede decir cualquier cosa, menos que está loco. Es cierto que lo aparenta, bajo el supuesto de que, ateniéndose al concepto de persona anormal, se presupone que actúa fuera de la normalidad.

Pero Trump es fiel exponente de la actual “normalidad”. Si, porque lo normal para un sistema imperial en franca decadencia, implica que sus líderes precisamente hagan lo que Trump sabe hacer. 

El país MAGA que Trump quiere instalar también puede definirse como una distopía, lo anti utópico, aquel lugar o sociedad “indeseable” que no mira al futuro sino a un pasado que no volverá, de manera que predomina el absurdo que mientras más negativo sean las decisiones de la alta política, mejor se logra la promesa de hacer America primero.

El concepto se entiende mucho mejor cuando se revisan los datos de la consultora OPHI, de la Universidad de Oxford, que calculó que la riqueza de los hiper multimillonarios en el pasado 2025 alcanzó los 18,3 billones de usd, con un crecimiento tres veces más rápido que los años precedentes. EEUU es un país, donde un solo individuo, Elon Musk, tiene más ingresos anuales, que la suma total de todos los salarios de los maestros primarios estadounidenses, que laboran en escuelas públicas. 

Las promesas electorales que hizo Trump, sobre la economía se cumplen solo para ese reducido y selecto grupo, justo el que destaca Oxford. Se celebra que la economía tuvo un crecimiento sostenido partiendo de  la evaluación de los índices bursátiles, con un comportamiento “positivo y estable” dicen, claro para los que invierten en bolsa, mejor dicho, para los grandes inversionistas. 

Para el resto de la población, dígase la mayoría de los estadounidenses, el asunto es otro porque para empezar, la evolución de la inflación no cumple con las expectativas creadas por el propio Trump. En el medio, gravita su peculiar guerra arancelaria contra el resto del mundo, desentendiéndose que, según entendidos en temas mercantiles, solo el 4% de dichas tasas las pagan los exportadores, el restante 96%, es asumido por los importadores estadounidenses, es decir, en última instancia por los consumidores. 
Si estas cifras no son suficiente para entender que pasa en la economía en EEUU, sépase que este país incrementa su deuda global en 1 millón de usd cada 20 segundos, impresionante.

Una de las más recientes encuestas de la prestigiosa empresa SSRA, publicada por la CNN, reflejó eventualmente como los estadounidenses valoran este asunto. Por ejemplo, el 64% estima que el mandatario no ha hecho lo suficiente para bajar el costo de la vida en el país, recordándose que fue una de sus más relevantes promesas electorales.

Por otro lado, solo el 3% de los estadounidenses considera que la economía bajo Trump está bien, y hasta un 4% le concede el beneficio de la duda, estimando que va a mejorar en este 2026.  Contra esto, no menos del 55% de los estadounidenses asume que las políticas domésticas trumpistas han empeorado la economía del país. En resumen, el 58% de los estadounidenses cree que el regreso de Trump al gobierno ha sido un fracaso. Tremendo.

Otros estudios que precedieron al de SSRS, indican que Trump comenzó a gobernar con una muy singular aureola de triunfalismo y esperanzas, pero ahora suma apenas un 35/36% de aprobación, uno de los índices más bajos en comparación con otros mandatarios. 

A tenor por estas estadísticas, parece que todo se derrumba, justo cuando solo ha transitado el primer año, que suele ser el mejor, con menos desgaste de la figura presidencial, aunque para ser justo este viene siendo el 5to año de mandato en la práctica. 

En el ámbito estrictamente político, el deterioro no se queda atrás, en paralelo con los desaciertos socio económicos. Estudiosos del sistema político estadounidense apuntan que el gobierno de Trump se erige como paradigma, por la peor razón, en cómo acabar atropelladamente con una larga tradición de democracia liberal burguesa, que destacó al país cuando ese modelo era revolucionario, a finales del siglo XVIII. 

En este primer año trumpista, se acercó al récord en lo que va de siglo en la utilización de órdenes ejecutivas, con 55, implementando políticas sin contar con el poder legislativo, que parece jugar el papel de florero. También se volvió cotidiano el enfrentamiento y obstáculos al sistema judicial, entre otras acciones, que sumadas han degradado el sistema tradicional de equilibrio de poderes, del que han presumido siempre los EEUU. 

Si lo anterior no fuera suficiente, hasta el mandatario hace bromas, dicen, sobre suspender las elecciones intermedias que prevé perder, o presentarse para un tercer e incostitucional mandato. Por algo, las movilizaciones anti Trump asumieron en este año la consigna “No Kings”, que puede traducirse como “no queremos reyes”.

Peor, por primera vez en muchos años se vuelve a escuchar el concepto de “guerra civil” en EEUU, en un país donde no menos del 60% de la población adulta, posee legalmente armas de fuego. Evidentemente los excesos del ICE, están trastornando a la sociedad estadounidense, comportándose como especie de Gestapo trumpista, bajo el pretexto de que son cazadores de inmigrantes “indocumentados criminales”.

Curiosamente la tal Gestapo actúa con mayor intensidad en territorios de dominio demócrata, tal el caso de Minnesota, cuyo gobernador está bajo amenaza de ser procesado judicialmente, por expresar verdades incomodas al gobierno federal. Aquí son unos 80 mil inmigrantes, con 257 actos violentos en 2025; por debajo de estados de dominio republicano como Florida, con 1,6 millones inmigrantes y 267 delitos violentos o Texas, con 1,8 millones de inmigrantes y 389 actos violentos. 

Las amenazas de invocar una añeja ley asociada a una insurrección interna, a la que suele aludir Trump, supondría una invasión del ejército estadounidense a territorio estadounidense; si, así como se lee. Los que hablan de “guerra civil” parecen haber meditado sobre los riesgos reales que existen al respecto. Sinceramente se espera que no ocurra.

Y si se detiene a evaluar la política exterior, pues allí se encuentran las mayores rupturas, por su connotación global y alcance mediático. Ya se ha explicado, la sarcopenia que sufre el hegemonismo estadounidense, lo obliga a concentrar sus esfuerzos en Nuestra América, Doctrina Donroe mediante. 

La agresión a Venezuela es probablemente y por el momento la acción más disruptiva. Fríamente calculada y ansiada desde siempre por Mr. Rubio y otros halcones, finalmente terminó en un fiasco desde el punto de vista estratégico, simplemente porque debieron admitir la continuidad del chavismo, y tirar por la borda a la supuesta mayoritaria oposición de la ultra derecha venezolana.

La mencionada Doctrina Donroe se acompaña con una ruptura con sus aliados tradicionales, no dígase Europa Occidental en general, sino incluso hasta con su madre patria, el Reino Unido de la Gran Bretaña, cuando algunas de las decisiones de política internacional de aquel país son calificadas de estúpidas por el Jefe Trump. 

Todo el asunto en el contexto de poner como centro, al menos en apariencia, la “imperiosa” necesidad de EEUU de hacerse de la isla de Groenlandia, aunque con ello se dé el absurdo de un país de la OTAN invadiendo a otro de la OTAN, por cierto, no Rusia como algunos han pronosticado.

En el medio hasta el premier noruego recibe una carta de un Trump despechado porque no le dieron el premio Nobel de la Paz, a pesar de los pesares y cuando se lo intentaron regalar, a cambio de un puesto de presidenta de Venezuela, los noruegos encargados aclararon que eso era ilegal. Entonces no esperen ningún gesto de paz en lo adelante, advirtió con fingido enfado el Jefe Trump.

Pero a pesar de todo lo anterior, se insiste en que Trump no está loco. Sus políticas y poses expresan en todo caso un viejo concepto político del establishment estadounidense conocido como caos constructivo, dígase, caotiza y vencerás, que también puede interpretarse en clave maquiavélica, como que el fin justifica los medios.

Ciertamente, en realidad la nueva normalidad, ni están nueva, porque las atrocidades cometidas por los mandamás estadounidenses, suman no menos de 200 años metidos en algún tipo de guerra de conquistas. En todo caso lo que cambia ahora es la forma en que estas fechorías se comunican, donde sobra el cinismo y el descaro.

Y desde luego, ya está denunciado y quedó más claro que nunca que el mundo basado en reglas desapareció, cuando escaló cruelmente el genocidio en Gaza. Stephen Miller, uno de los escribanos del Proyecto 2025 y alto asesor para temas de seguridad del gobierno, lo dice con desparpajo: lo que cuenta es la fuerza; Tarzan contra los negros y demás criaturas de la selva, piensa primitivamente el tipo sobre los conflictos internacionales.

En resumen, no hay locura en las cosas de Trump. Hay por el contrario coherencia permanente con cierta dosis de  histrionismo desde la Casa Blanca. ¿Qué esperar? Razonablemente que las cosas empeoren, para los estadounidenses y para el resto del mundo. A los gobiernos dignos y a los pueblos les queda no solo resistir, sino enfrentar al desatinado, empezando por los que viven en la pesadilla americana.

Tomado de Cubasi

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