Cu Chi: la ciudad subterránea jamás conquistada

VIETNAM, 7 Nov. - Cuentan que a principios de los años 60, cuando la etapa más cruenta de la guerra de Vietnam estaba por llegar, el general norteamericano William Westmoreland, uno de los comandantes de las fuerzas invasoras durante la contienda, admitió entre sus allegados que si Cu Chi en verdad existía, Saigón estaba perdida.

Por aquel entonces, el fabuloso sistema de túneles con que los guerrilleros del sur soportaron el embate de los agresores, era apenas un mito heredado de la lucha contra el colonialismo francés.

Sin embargo, con el tiempo sería cada vez más evidente su presencia, al punto de que varios jefes estadounidenses llegaron a afirmar que «las tropas del Viet Cong no se ven, pero están por todas partes».

Su construcción se había iniciado en 1948, en medio de la guerra de liberación contra los franceses, pero en aquel entonces solo abarcaron dos aldeas y se usaron básicamente como refugios.

En cambio, contra los agresores norteamericanos, a fuerza de voluntad y de paciencia, los túneles de Cu Chi alcanzaron una complejidad impresionante.

Utilizando pequeñas guatacas y cestas de mimbre como únicas herramientas, los habitantes de esta estratégica región, ubicada en la margen derecha del río Saigón, trazaron unos 250 kilómetros de galerías subterráneas, que se comunicaban con decenas de aldeas y sistemas fortificados.

Tran Huu Chanh, uno de los guías especializados del lugar, explica que tenían tres niveles de profundidad. El primero, a tres metros, el segundo a seis y el último a diez, y en algunos lugares hasta 12, para soportar el impacto de cualquier tipo de bombas existentes hasta entonces.

En ellos, los guerrilleros del sur no solo se guarecían de la metralla y el napalm, sino que establecieron sus cuarteles generales, con  sa­las de reuniones, enfermerías, dormitorios, al­macenes de víveres y de pertrechos, talleres para reparar el armamento y preparar minas y trampas, pozos para sacar agua, y cocinas, protegidas por un sistema de filtros para que el humo no saliera a la superficie.

Además, contaban con numerosas compuertas para impedir que los agresores pudieran inundarlos o afectarlos usando gases tóxicos, si ubicaban alguna de las entradas.

Para los heroicos combatientes del sur, no había otra alternativa. Por su posición estratégica, a las puertas de la ciudad de Saigón, Cu Chi constituía una plaza vital para las fuerzas que luchaban por  la expulsión de los invasores yanquis y la unificación del país. Pero esa misma razón hizo que los agresores la golpearan con despiadada violencia.

En total, medio millón de bombas fueron lanzadas sobre el pequeño territorio.

Se calcula que cada metro cuadrado recibió tres kilogramos de bombas y 125 gramos de químicos tóxicos como el agente naranja.

La vida sobre la superficie de una región hasta entonces llena de bosques y sembrados, se tornó imposible. De ahí que a sus habitantes no les quedara más remedio que mudarse a las entrañas de la tierra.

Según Tran Huu Chanh, unas 2 000 personas convivían en los túneles al mismo el tiempo, aunque en los momentos más críticos de los bombardeos, podían reunirse alrededor de 10 000.

Todos los pasadizos eran muy estrechos, para que no cupieran los soldados norteamericanos. Incluso en los tramos que han sido ampliados en la actualidad, para recibir a los turistas, resulta difícil desplazarse, y el calor y la falta de espacio provocan una sensación de claustrofobia.

Aun así, se afirma que gracias a la organización lograda, la vida en ellos era bastante llevadera.

Con un complejo entramado de galerías, enlazadas con aldeas, trincheras y puntos de emboscada, los túneles de Cu Chi garantizaron la movilidad de los guerrilleros para hostigar constantemente a un enemigo, que no en­tendía cómo podían surgir de la nada, atacar y esfumarse.

Admirado por estrategas de todo el mundo, el sitio en la actualidad está incluido en el programa de visitas que realizan los estudiantes de academias militares de varios países —en­tre ellos Estados Unidos—, a fin de conocer la experiencia de la guerra de guerrillas del pueblo de Vietnam.

También, entre los más de 2 000 turistas que llegan hasta acá como promedio diariamente, Tran Huu Chanh señala que se incluyen no pocos norteamericanos, veteranos de guerra.

«Muchos vienen en busca de la explicación del por qué perdieron aquella lucha a pesar de todo su armamento, y a pedir disculpas por lo que hizo su gobierno. Y también hay quienes vuelven para reencontrarse con las personas que les ayudaron a sobrevivir acá.

«Por lo general, siempre expresan admiración por el pueblo vietnamita, y la primera frase que nos dicen es: Mil disculpas. Nosotros perdimos, porque ustedes pelearon por su país con valentía».

Aunque durante las décadas de 1960 y 1970, toda su familia combatió aquí, in­clu­yen­do sus padres y una tía de apenas 12 años, y dos de sus tíos figuran entre los más de 12 000 mártires de Cu Chi, Tran no siente rencor por aquellos que una vez invadieron su patria y ahora regresan a conocer los secretos del milagro de la resistencia guerrillera.

«A todas las delegaciones de norteamericanos que vienen aquí, soy yo quien los atiende y siempre les doy la bienvenida, porque mu­chos de ellos también fueron víctimas de la guerra», dice.

Feliz de que la vida haya retornado a la superficie de Cu Chi, mientras recorremos el lugar, en medio de un bosque firme que ha vuelto a surgir sobre el suelo devastado, Tran asegura que hoy los campos son fértiles otra vez, y en ellos crecen nuevamente los sembrados de yuca y de verduras, las plantaciones de caucho, y muchas flores, para adornar una tierra que a pesar de las bombas, el enemigo nunca logró conquistar.

Granma