Los tiros no amedrentaban a Jesús Menéndez
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- CategorÃa: Históricas
- Publicado: Sábado, 21 Enero 2017 05:55
- Escrito por Redacción Digital Radio Florida
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Las Tunas.— En la tarde del 27 de agosto de 1947, un pequeño transporte ferroviario se detuvo junto a la entrada del ingenio azucarero ManatÃ. Un negro joven y sonriente, vestido con guayabera y pantalón blancos, echó pie a tierra y saludó con efusivos abrazos a quienes lo aguardaban. «¿Y ese quién es?», preguntó, curioso, el vigilante de guardia. Alguien a su lado le contestó. «Es Jesús Menéndez».
No era la primera visita del carismático lÃder a la factorÃa. Tampoco la primera vez que se identificaba con los problemas de sus obreros. Antes, en 1944, habÃa alzado su voz en una asamblea nacional para denunciar a los patronos de la Manatà Sugar Company, quienes, violando las normas instituidas, se negaban a reconocer al sindicato del ingenio y a establecer con sus dirigentes los convenios colectivos de trabajo.
AsÃ, meses más tarde, cuando ordenaron comenzar los cortes para la zafra de 1945, nadie en el batey se dio por enterado. Era el inicio de una huelga organizada por la dirección del gremio. La respuesta patronal no se hizo esperar: despidos y atropellos. Pero la unidad de los trabajadores prevaleció. Finalmente, a la compañÃa no le quedó otra opción que enviar a un emisario a La Habana a negociar con Jesús Menéndez.
Pocos dÃas después, el General de las Cañas —como lo bautizó Nicolás Guillén— viajó hasta el ingenio Manatà a presidir la concreción de lo acordado en la capital. Ante una asamblea de trabajadores reunida en sus talleres, los representantes de la compañÃa rubricaron el convenio, en cuya letra se comprometÃan a legitimar el sindicato y a darle riguroso cumplimiento a la legislación vigente por entonces.
Dos años después, aquel 27 de agosto de 1947, Jesús Menéndez retornó a ManatÃ, en su itinerario por varios ingenios de la región. Sus anfitriones le habÃan preparado una tribuna frente al correo viejo. Estaban expectantes por escuchar a aquel hombre que decÃa las verdades directamente y sin miedo. Comenzó su encendida intervención ya de noche.
Llevaba unos minutos ante el micrófono cuando se escucharon los disparos. ProcedÃan de la parte trasera de una de las chimeneas del ingenio y del antiguo hotel. A todas luces, se trataba de elementos mujalistas, desesperados por hacer fracasar el mitin y atemorizar a Jesús Menéndez, pero a los francotiradores los tiros les salieron por la culata.
Cuentan que al General de las Cañas no lo inmutaron los proyectiles. Sin perder la flema, extrajo una pistola y se dispuso a ripostar el ataque. No llegó a hacerlo, empero. En un rapto de valor, se dirigió de nuevo al micrófono y desafió a sus atacantes. Les dijo: «Las mujeres que están en este acto tienen más valor que los traidores que disparan desde la oscuridad». Luego continuó el mitin como si tal cosa.
La prensa de la época reseñó aquel suceso. Jesús Menéndez declararÃa al periódico Hoy, órgano oficial de los comunistas cubanos: «Luego de los disparos, los hombres y mujeres de ManatÃ, indignados, se lanzaron a rodear la tribuna, a protegerla con sus cuerpos proletarios y a gritar “¡asesinos! ¡asesinos!...â€. Fue un espectáculo emocionante ver a aquel gentÃo levantar los puños en señal de aceptar el combate».
Al terminar el mitin, la Guardia Rural de Manatà le ofreció amparo, por su condición de representante a la Cámara del Congreso de la República. Jesús Menéndez la rechazó asÃ: «Discúlpenme, señores, pero no la necesito. Tengo un ejército de trabajadores que me protege». Y con la misma se montó en el pequeño transporte ferroviario que lo habÃa traÃdo.
Poco menos de cinco meses después, el 22 de enero de 1948, cayó abatido por las balas de un sicario uniformado en la ciudad de Manzanillo. Su ejemplo de lÃder insobornable perdurará por siempre en el proletariado cubano. Granma





