Gloria eterna al Mayor General Ignacio Agramonte
- Detalles
- CategorÃa: Históricas
- Publicado: Miércoles, 11 Mayo 2016 02:00
- Escrito por Pedro Pablo Sáez
- Visto: 937
Durante una conversación sostenida por Doña Ãngela del Castillo de Fernández con el Apóstol de Cuba (José MartÃ), en Nueva York, acerca de la muerte de Ignacio Agramonte, ella le informó al Maestro que conservaba, en unos pomitos de cristal, cabellos del Bayardo camagüeyano y tierra de Jimaguayú, lugar donde cayó por la independencia de Cuba.
Al ver las reliquias, “El Cubano Mayor†se puso de pie, y, con el rostro transfigurado y más pálido que de costumbre, apretó los pomitos como si sintiera en su corazón la caÃda del héroe, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
La anécdota podrÃa ser suficiente para aquilatar la admiración, la gloria y el respeto conquistados por Ignacio Agramonte y Loynaz, quien fuera conocido dentro y fuera de la manigua mambisa simplemente como “El Mayorâ€, un epÃteto que no necesita el  complemento de General para certificar la influencia, la moral, y el poder de convocatoria de un hombre que, “aún con posibilidades de vivir mejorâ€, siempre supo “de que lado estaba el deberâ€.
Nacido en Camagüey el 23 de diciembre de 1841, Ignacio Agramonte cayó en combate el 11 de mayo de 1873 frente a las tropas españolas en los potreros de Jimaguayú, hace ya 143 años. En plena juventud, traspasó los umbrales de la inmortalidad y se convirtió en sÃmbolo para todo su pueblo.
El “Diamante con alma de besoâ€, como lo calificara también José MartÃ, fue uno de los fundadores de la junta revolucionaria de Camagüey. Se sumó a la manigua redentora durante los primeros dÃas de noviembre de1868 en el ingenio "El Oriente", cerca de Sibanicú.
Incontables fueron los combates donde sobresalió por su arrojo y temeridad frente al enemigo, pero ninguno como aquel que lo  cubrió de gloria cuando al frente de 35 jinetes, protagonizó la increÃble hazaña de rescatar al entonces General de Brigada, Julio Sanguily de entre las manos de una poderosa columna española.
A su esposa adorada, escribió estas palabras: “Pensando en ti, bien mÃo, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de que Cuba sea libreâ€.
Ese era, y es, el Agramonte que admiramos los nacidos en esta comarca que lleva también su apelativo con orgullo supremo. Con la misma vergüenza con que llamó a la batalla cuando en un momento de la guerra todo parecÃa derrumbarse, avanzará el Camagüey legendario en los nuevos tiempos no solo para rendirle tributo eterno, sino para defender con su verbo, con su amor y con su espada, la independencia eterna de la Patria cubana.





