¿Formado o deformado?

Dr. Rodolfo Dávalos Fernández

Fue en el «agro» de 19 entre A y B, en el Vedado, el pasado domingo, alrededor de las diez de la mañana;

un señor (podríamos llamarle compañero, pero le llamaremos nuestro hombre), se detiene a comprar unos nísperos, los revisa y conversa animadamente con el vendedor, a quien ya antes le ha comprado la misma deliciosa fruta, casi endémica en nuestro país. Cuando ya está dispuesto a adquirirla un golpe en la espalda le deja sin habla, sin respiración, se tambalea, se sostiene del mostrador y con la vista nublada alcanza a ver a un hombre alto, fuerte, con una caja sobre el hombro izquierdo y varias bolsas en la mano derecha que, sin mirar atrás, se va alejando entre los que entran y salen por el estrecho pasillo, se da cuenta que es quien le ha golpeado con la punta de la caja, que entró en su endeble espalda, ya septuagenaria, como una quilla de acero por arena fina.

–Sosténgase, sujétese al mostrador, respire profundo– le dice el vendedor, atento y solícito, queriendo atender al señor, ya mayor, golpeado en su presencia.

Nuestro hombre mueve la cabeza como el que se sacude quitándose algo de encima, y sin decir palabra, avanza tambaleante hacia la salida. Camina despacio, pero llega a tiempo para ver al que le ha golpeado poniendo las mercancías (viandas, frutas, vegetales) en el maletero de un auto blanco, moderno (le pareció un Hunday o un Toyota) chapa «particular». Observa que, efectivamente, es un hombre grande y fuerte, de unos 45 a 50 años, viste pantalones cortos y pulóver blanco, lleva un delantal negro y sombrero blanco estilo «panamá». Todo en perfecta combinación que transmite prosperidad, desde los zapatos tenis, hasta el sombrero y el auto.

Nuestro hombre se le acerca y le dice: «Señor, usted me ha dado un fuerte golpe en la espalda y ni siquiera se ha detenido a pedir disculpa».

«¿No vio lo que llevaba arriba?» contesta el hombre grande (llamémosle el troglo, ya veremos por qué) con una interrogante absurda. Oiga, y como pesaba esa caja, continúa el troglo, con una expresión que más que una explicación resultaba una burla.

«Señor, pero usted ha golpeado a una persona, no a un animal, a alguien que por la edad puede ser su padre, y ha seguido su paso sin importarle un comino, sin mirar atrás, sin saber a quién golpeó, ni qué daño pudo causarle». Intenta seguir nuestro hombre, en busca de una explicación de aquel insólito proceder, como si estuviera hablando, ¡pobre de él!, con una persona decente y no con un troglo.

«¿Y qué quiere, que me arrodille y pida perdón?», exclama desde el medio de la calle, con las manos abiertas, alardosamente, mientras da la espalda y vuelve a entrar en el agro con la caja vacía, en busca de más mercancías.

Casi es lo que debió haber hecho, murmuró una señora en la acera, que ha escuchado la conversación y visto la escena.

Un joven parqueador aconseja a nuestro hombre que se siente en el auto, pero que no conduzca aún, que espere a reponerse, cuando ya el troglo vuelve, caja en el hombro y bolsas en las manos, por segunda vez, llena el maletero y el espacio del asiento de atrás de su auto. Nuestro hombre lo observa. El troglo, ni lo mira, pero se aprecia en su rostro una sonrisa burlona que parece una mueca.

Nuestro hombre, adolorido, pero más aún molesto e indignado, no encuentra más opción, ante la imposibilidad de cobrar la afrenta, que decirle: «Señor usted no parece un ser humano, es un troglo (de troglodita: persona bárbara y cruel, bestia, torpe, animal, sin modales, ni sentimientos)».

El troglo ni lo mira, se encoge de hombros, da la vuelta y vuelve al mercado caja en mano a seguir cargando.

Nuestro hombre sube al auto, el joven parqueador le pregunta si se siente bien, y conversan sobre la pérdida de valores, de educación formal, de buenos modales, se escucharon frases como estas: «¿Cómo es posible que alguien trate así a una persona mayor?». «Lo triste es que ese nació y se formó en Cuba revolucionaria, tuvo escuelas y maestras, y mira lo que hemos sacado». «¿Lo hemos formado o deformado?». «Por suerte no son todos». «Sí, pero no se asombre, ya pocas personas son capaces de excusarse, de pedir permiso para pasar y, a veces, ni siquiera de dar las gracias».

Nuestro hombre arrancó el auto y se fue. Le vieron doblar en Paseo hacia abajo y detenerse, arrimar a la derecha para tocarse la espalda adolorida, quitarse los espejuelos y enjugar una lágrima que, sin permiso ni autorización, había escapado, pero que, al menos, se portó bien y no brotó delante de los demás. Se fue a la casa, y allí, solo, entonces lloró… Se recompuso enseguida, sacó de su mente al «próspero» prepotente; no tengo nada contra el que prospera –se dijo para sí–, si lo gana bien habido se lo merece, pero ¿qué formación le dimos?

Pensó en la otra cara de la moneda, en el joven parqueador, un humilde y sencillo trabajador, ese sí fue formado. Y se acordó de las sabias palabras del Maestro: «Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar…»

Han pasado cinco días, el troglo debe haber recibido ya la plusvalía de su compra, pues seguramente aquel cargamento no era para consumo familiar. Y, tal vez, con el mismo desenfado, más allá del bien y el mal, volverá el domingo a sus compras, a la carga: ¡ojo, peligro!, puede llevarse a otro por delante.

¿Y nuestro hombre? Nada, sigue aún adolorido. Sí, efectivamente, el hecho y la espalda ¡duelen todavía!

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