El ejemplo que nos alumbra
- Detalles
- CategorÃa: Especiales
- Publicado: Miércoles, 08 Octubre 2014 03:08
- Escrito por Redacción Digital Radio Florida
- Visto: 621
Otro 8 de octubre se recuerda a Ernesto Ché Guevara, cuya labor internacionalista prevalece como ejemplo de valentÃa, tesón y verdadera conciencia revolucionaria.
“Todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veÃamos asà que ese hombre nuevo es realidad, porque existe, eres tú…â€. Haydée SantamarÃa
El joven estudiante de Medicina, con solo 23 años, le acopló a su bicicleta un motor y viajó el continente. Comprendió que el mundo era demasiado injusto, y decidió ponerlo de cabezas. Una mochila al hombro y la compañÃa de un amigo le bastaron para conocer del hambre, la necesidad y la miseria, una decisión con la cual comenzó a ser, en sà mismo, “un hombre nuevoâ€.
No fue fortuito el andar. Ya habÃa iniciado un camino de aprendizaje con los clásicos de la filosofÃa y la intelectualidad contemporánea, y la confección de sus Cuadernos Filosóficos. Al regresar a su tierra de su primer itinerario comentó en sus relatos: “el personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule, “yoâ€, no soy “yoâ€; por lo menos no el mismo yo interiorâ€.
A partir de ahà todo lo que se conoce: su labor como fotógrafo en México, donde conoció a Fidel y entablan su primera discusión sobre polÃtica internacional (“A las pocas horas de la misma noche —en la madrugada— era yo uno de los futuros expedicionariosâ€), la prisión, llegar a Cuba en el yate Granma, su bautizo de fuego en AlegrÃa de PÃo (TenÃa delante de mà una mochila llena de medicamentos y una caja de balas, las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas), la primera victoria del Ejército Rebelde, el Uvero, Bueycito, El Hombrito, Pino del Agua, Mar Verde… su plan operativo en la ciudad de Villa Clara los últimos dÃas de diciembre de 1958, la Revolución.
Pero no fue suficiente la conmoción que lo devolvió periodista y escritor, estratega militar, Ministro de Industrias, hijo ilustre de Cuba, y se fue a otras tierras del mundo, tierras que reclamaban el concurso de sus modestos esfuerzos. Y dejó en la Isla ese amargo de las más tristes despedidas, de quien dice adiós a un ser muy querido, con la breve sensación de que le volverás a ver.
“Sépase que lo hago con una mezcla de alegrÃa y dolor; aquà dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos...â€, dijo sin saber que a este paÃs también se le escapaba —aún sin la certeza— uno de sus mejores hombres.
El internacionalismo le hizo hervir la sangre y lo colocó en el medio de las selvas del Congo, y luego en Bolivia, para entregarse a las luchas por la causa de América; dejando el sentimiento sembrado aquÃ, en cada hombre y mujer que años más tarde surcaron las tierras del mundo en la lucha contra los males, que a pesar de él, a pesar de su inexpugnable bregar, sobreviven.
El 8 de octubre llegó. Allà en la Quebrada del Yuro cuentan que lo apresaron. Ilusos aquellos que pensaron, matándolo, inhumar sus ideas. Dicen también que el 9, por órdenes del alto mando de la CIA y el Ejército Boliviano, lo asesinaron.
Sin embargo —y aunque estaba consciente de que “En una revolución se triunfa o se muere, si es verdaderaâ€â€”, aquel dÃa vivió, una especie de vida que se lleva en el alma de la gente, no tiene fin, no acaba nunca, no se asesina, termina heredándose, cuerpo por cuerpo, idea tras idea.
Leà un dÃa que su verdugo escribió una carta, y que en dicha carta habÃa escrito asÃ: “el hombre que de veras murió en La Higuera no fue el Che, sino yo, un simple sargento del ejército boliviano, cuyo único mérito —si acaso puede llamarse mérito— es haber disparado contra la inmortalidadâ€.
Porque el Che legó a su pueblo, que son todos los pueblos del mundo, su infinito amor por esa libertad conquistada a fuerza de lucha, y la independencia; sus pasajes; sus análisis filosóficos y económicos; sus incontables anécdotas familiares y esa adoración sin lÃmites por los hijos; su impronta y su espÃritu.
Nos dejó su: “a riesgo de parecer ridÃculo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.†Pero eso no lo saben los que matan. Los que matan no saben de amor y revoluciones, solo dominan el “arte†de odiar a la raza humana, el exterminio.
Y allà en la Higuera, a 2 160 metros sobre el nivel del mar, donde se erige un monumento en su nombre al cual asisten cientos de personas diariamente, reza una inscripción: “Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecerâ€. (Lissy RodrÃguez/Granma Digital)




